30 de septiembre de 2011

Hemeroteca

Quizás estos días no estén pasando cosas interesantes, pero hace un año sí. Este septiembre hace un año desde que cambié mi vida (queriéndolo o sin quererlo) de una manera un tanto radical. Mi día a día de agosto de 2010 a agosto de 2011 cambió casi radicalmente, sobre todo por cosas que hice durante ese septiembre que queda en medio de esos dos meses.
Lo primero, y aunque en agosto ya celebré su cumpleaños, hace ya un año que Sally está conmigo. Como se puede leer en las entradas de esos días, fue una decisión en ese momento casi irresponsable, que no pensaba en las consecuencias de tener a una ratita a mi cuidado. Una ratita que no se puede apagar, que siempre va a estar conmigo, y que tengo que dar de comer todos los días mil veces. Nunca me he arrepentido, sin embargo, de habérmela traído. Ni las noches en las que chilla sin dejarme dormir, ni cuando pasaron de mí en uno de los mejores pisos que pude encontrar porque tenía una cobaya de mascota (pasaron de una forma un tanto... no cruel, pero tampoco humana y decente). Esta bolita de pelo me hace compañía siempre, siempre agradece todo lo que hago por ella, y estuvo a mi lado mirándome preocupada tras mi primera visita al psicólogo, mientras yo solo quería abrazarla y que el mundo me tragase de una vez.
Aunque pensaba que sí, no sabía todas las vueltas que acabaría dando por ella, todos los esfuerzos que hice para poder mantenerla conmigo, para hacerla feliz. Y no hay mayor recompensa que cuando la suelto por mi cama se ponga a correr de contento, a pedirme mimos y, como hace últimamente, a tumbarse a mi lado para que la acaricie.
En agosto de 2010 no tenía ni idea de que Sally estaba recién nacida en un piso en Coruña, y que tras toda la gente que dijo que se haría cargo de ella, yo sería la única que realmente lo haría. Y ahora me cuesta imaginar un presente sin ella. Sin despertarme media hora antes todos los días para poder dejarle la comida lista antes de ir a clase, o para darle de comer. Sin pasar por la sección de verduras del supermercado para comprarle para comer, a veces incluso bajar solamente a por comida para ella. Y sé que en un futuro, cuando no estemos juntas, me va a costar estar sola de nuevo.

También, hace un año, tal día como hoy, y quizás a la hora de escribir esto, estaba con Iris, cenando juntas, empezando a ganchillar. Lo que empezó como una tontería para pasar los días en los que no teníamos nada que hacer antes de que empezase el curso se ha convertido en algo diario, y que es importante para mí. Siempre me gustaron las manualidades, pero nunca me había dado por tejer. Sí intenté coser, de pequeña quise aprender a calcetar, pero nunca llegó a nada. Y ahora tengo un alijo de decenas de metros de lanas en mi habitación, cerca de 10 colores diferentes, un juego de 14 ganchillos diferentes, además del pase del ExpOtaku colgado cerca de mi mesa de estudio. Estoy planeando abrir con Iris una tienda en Artesanio (¿alguien tiene cuenta allí, y tiene invitaciones, por favor?), y repetir en el ExpOtaku es la meta más baja para este próximo año.
El ganchillo se ha convertido en algo normal para mí, en algo que me relaja y que me satisface. A veces tejo solamente por tejer, sin tener una idea en mente. Hace un año pasé dos días delante de un vídeo de youtube intentando aprender por mí misma cómo hacer un anillo mágico, y ahora mismo tengo a mi derecha unos esquemas de lo que será mi segundo patrón completamente mío. Parece que no ha pasado el tiempo, que no he consumido lana, que no he avanzado nada, pero ahí está: como no me gustan los patrones de gatos que hay, voy a hacerme el mío propio. No tengo grandes expectativas, pero por lo menos lo estoy intentando.
Como metas para este próximo año, además de volver al ExpOtaku Coruña e intentar llevar mejor el blog y lo de Artesanio, estamos planeando más cosas. No me refiero a meterme en otras cosas de ganchillo como gorros, bufandas o mantas, si no a buscar algún salón del manga por el sur, aprovechando que Iris está por ahí, y viajar un poco. Quizás, y solamente quizás porque no sé si estoy preparada para ello, montar algún pequeño taller de amigurumi en Coruña, aunque está todavía demasiado en el aire.
Tengo varias bolsas de tela en mi habitación llenas con muñecos hechos, tengo como unos 50 patrones que quiero probar y para los que no tengo tiempo, y mis reservas de lana van bajando, a veces parece que muy rápido. Y no me puedo imaginar una noche sin ganchillos y lanas. Ayer me aburría y quería despejar la mente, y me puse a probar un patrón y ahora tengo dos lápices kawaii de amigurumi, con caritas bordadas y todo.
En un año el ganchillo ha pasado de ser puntillas y tapetes a ser algo que no quiero dejar nunca. Realmente en menos tiempo, porque hace ya meses que lo tengo claro.

Hace un año, además, empezaba la convivencia con una gente que podría acabar llamando amigos. Lo que fue una convivencia traumática (lejos en el tiempo lo veo mejor) el curso anterior se empezó a curar en septiembre de 2010, aunque pasé aún varios meses con miedo a recibir alguna bronca, algún reproche o tener algún problema. Este año parece que vamos bien, aunque estoy viendo que habrá problemas tarde o temprano, de momento vamos encajando, pese a lo diferentes que somos las tres. Pero por lo menos he entrado confiada y tranquila en este piso. He entrado abierta y sin miedos, dispuesta a escuchar pero también a hacerme escuchar. Siento que me conocen mejor en este mes que llevamos viviendo aquí que en todo el curso de 2º. También son mejores personas, mejor dicho, son personas directamente. Escuchan, hablan, comparten. No coincidimos en todo, por supuesto, pero tenemos una relación un tanto normal.

Pronto, hará un año que habré visto en directo a Sôber por primera vez. Pronto, hará un año de haber sentido esa sensación de “son ellos de verdad, están aquí y son ellos”. Horas después decidiré que si alguna vez me tatúo algo, sería la Ô. Y al momento de escribir esto, estoy en plena fase de curación de su repaso. Y no hace falta que vuelva a postear la foto de mi tatuaje con ellos, ya sería abusar del blog.
El tatuaje es otra cosa de la que no me arrepiento. Quizás me arrepentí durante la curación, cuando picaba o cuando molestaba. Pero siempre ha sido importante para mí, y lo sigue siendo. No ha parado de darme alegrías (salvo en los períodos de curación, cuando solamente toca las narices) o consuelo cuando lo necesitaba.
Hace entonces un año del que cambió mi percepción de Sôber. Siempre fueron especiales para mí, siempre destacaron de una manera diferente frente a los otros grupos que escuchaba, pero los dejaba para las “ocasiones especiales”. Una noche concreta en la que me sentía más sola que de costumbre, un día que estaba nerviosa por algo... Lejos siempre estuvo dentro de mi mp3, pero casi más por respeto que porque quisiera escucharla. Siempre fueron tan especiales que cuando me preguntaban qué grupos eran mis favoritos, siempre me olvidaba de nombrarlos porque estaban en una órbita diferente al resto.
Tras su concierto en Santiago en octubre del año pasado, y sobre todo, tras la salida de Superbia, ha cambiado esto. Sí son especiales, sí son con muchísima diferencia los que más me llegan y los músicos a los que más respeto les tengo, pero ya no son para las ocasiones especiales. Escucho su música día a día, me la llevo en el mp3 y cuando me apetece escuchar una canción suya, la busco y la escucho. He dejado de verlos como a maestros incorpóreos a las personas que me sonrieron cuando les enseñé el tatuaje. Las personas que me pidieron una segunda foto cuando en Santiago la primera salió borrosa, las personas que se vieron acorraladas a la salida de la Capitol y huyeron hacia el backstage a los cinco minutos, las personas que aguantaron a las del club de fans histéricas gritando su nombre toda la tarde y toda la noche. La misma personas que en el 2008 me dedicó una canción, aunque no era puramente Sôber.
El recuerdo de sus abrazos, de sus conciertos y de las nuevas letras de Superbia me ayudan en mi día a día a mejorar un poco la cara, a seguir combatiendo la ansiedad con pensamientos y actitudes positivas. Siento que nunca podré cansarme de ellos o de sus directos, y que siempre podré contar con alguna de sus canciones para intentar remontar un mal día. Que siempre quedarán directos por los que ilusionarse, fotos que sacar y charlas por tener. Me permiten soñar.

Y todavía está algo lejos, pero pronto hará un año desde que cogí mi cámara réflex por primera vez. En agosto de 2010 tenía muy claro que la compacta se me estaba quedando pequeña, y que me encantaría poder subir de nivel. En Navidades lo hice, y poco a poco, mi día a día fue cambiando. Primero, todas las horas invertidas en aprender a saber qué era cada botón de esa cámara, luego las rutas por Coruña y alrededores de mi pueblo para practicar. Todas las horas de photoshop, mis cajas de luz caseras e improvisadas, y más tarde, el recuerdo de ese sueño que una vez tuve de poder trabajar la música. Mi incursión en The Drink Tim, el compromiso que he adquirido con ellos, todas las horas invertidas, y la dedicación que le tengo que poner cada día que tengo internet. Las horas tras los conciertos, las horas de preparación de los conciertos, todos los “me están volviendo loca” de antes de un concierto, todos los trenes, pensiones, mapas y setlists previsibles. Son ya parte de mí. Mis compañeras de piso lo sufrieron especialmente con la traca Rock in Way e In Flames con tres días de separación.
Estar en la posición en la que estoy ahora mismo, hace un año me parecía impensable, algo muy lejano. Pero aquí estoy, y estoy dispuesta a seguir hasta que se haga imposible. Ellos son otra de las razones que me ayudan a cambiar un mal día y volverme contra la ansiedad. La música que me han dado (así a voz de pronto, Hamlet, Dinero, In Flames, Twisted Sister, A new heaven arise, Habeas Corpus y me han devuelto a Gritando en Silencio), las anticipaciones a un concierto, la emoción al publicar una buena noticia, el contacto con los grupos, el ver nacer festivales y conciertos. Las fotos, las horas invertidas en la redacción de las crónicas, y la satisfacción del trabajo hecho. Distribuir los links de las noticias y crónicas entre grupos y fans, el recibir sonrisas, el ponerse hablar con algunos grupos y verles contentos. El conocer gente que quiere lo mismo que tú, que tenemos todos las mismas pasiones, y que nos gusta trabajar la música.
A veces se hace duro, sobre todo económicamente, cuando hay que desplazarse o pagar entradas cuando tengo presupuesto de estudiante. Cuando hay que luchar con el personal de seguridad porque no te dejan sacar fotos, cuando te tratan como si te estuvieran haciendo un favor y no estuvieras trabajando, cuando quieres publicar algo y la web se revela y no hay manera, cuando el correo no va bien, cuando quieres sacar una foto en un concierto y cada codazo que recibe el objetivo es como si te lo dieran en la boca del estómago. Cuando recibes la noticia de que un grupo se ha peleado, y tienes que publicarlo tú. Cuando recibes la noticia de que a otro grupo le han saqueado el local de ensayo y los amigos les van a organizar un festival benéfico para poder comprarle otro equipo nuevo. Cuando te trabajas unas acreditaciones impresionantes y no recibes respuesta por parte de la organización del concierto o festival.
Pero estar dentro de una sala o de un recinto, saltando, cámara en mano, con el cuerpo retumbando, y la libreta en el suelo protegida, vale la pena. Vale la pena el cansancio del día después, esos “me da una pereza ponerme con la crónica ahora” que son siempre mentira, porque estoy deseando ponerme a ello. Vale la pena abrir las fotos en el ordenador y descubrir las que salieron bien, y una vez acabado y publicado el trabajo, sentirse orgullosa del esfuerzo invertido. Vale la pena esperar a que acabe el concierto para acercarse a los músicos, presentarte y decirles que en unos días les pasarás el link y las fotos que quieran.
Nunca pensé que este trabajo sería así. Pensé que sería sobre todo trabajo en casa, procesar fotos, mejorar fotos, texto, y leer a mucha gente que hace lo mismo para cogerle soltura a la narrativa. Nunca pensé en el trabajo diario, en el esfuerzo previo a un concierto para conocer las canciones antes de que suenen, el ir preparada en caso de necesitar alguna información imprescindible de un grupo del que nunca has oído hablar. Nunca pensé en que hablaría con los grupos al terminar los conciertos y se sentirían felices con el trabajo que estoy haciendo, que les haría ilusión recibir mis fotos (un ejemplo Dinero en mayo, ¡cuando meses después telonearon a Foo Fighters en Madrid!), o que algunos grupos se pondrían en contacto conmigo para pedirnos promoción o facilidades para conciertos (como Pito de Pikasso, o Familia Caamagno, dos grupos de los que tengo pendientes directos). No sabría que acabaría conociendo a gente de las promotoras (apenas sabía qué era una promotora), ni cómo funcionan. No sabía el trabajo diario que traía, aunque me hubiera apuntado igual.

Porque, después de todo, vas a SU concierto, suena Umbilical, y el resto del mundo deja de existir. Solamente existen la canción, ellos, el tatuaje, la burbuja y yo. No hay problemas con las acreditaciones, no hay una cola de 20 mails pendientes de leer, no hay noticias que refrescar, no hay conciertos que prepararse, ni hay que volver a dormir en una pensión mientras Sally se ha tenido que queda sola una noche. No hay codazos en la cámara, no hay libretas indescifrables y no hay fotos borrosas.
Porque, después de todo, la música me hace feliz. Todos los cambios que he introducido en mi vida durante este año pasado han estado encaminados a hacerme un poco más feliz. La mayor parte del tiempo lo han conseguido.

1 comentario:

La Petite Poupée dijo...

Y yo me alegro de que tanto cambio haya sido para bien y estés tan animada^^

Un besazo guapa!!!