1 de enero de 2013

Madrid y con Gerardo, parte 1

Ayer, 31, llegué muy temprano a casa, muy temprano por la mañana, del mejor viaje que he hecho nunca. Me fui cinco días (cuatro noches) con Gerardo a Madrid. A la aventura. Arriesgaba bastante al ir, pero valió completamente la pena.

Llegaría el 26 de madrugada a Madrid, pero mi aventura empezaría el 24 por la mañana. Como todos los años, fuimos a cenar a Coruña. Fuimos a media tarde, tras preparar la mochila atacada de los nervios durante todo el 24 por la mañana y hacer mucho tetris para que me cupiera todo. Luego cenamos, pasé la noche en Coruña (por primera vez en cuatro años en casa de otra persona, porque yo ya no tengo piso allí), comimos las sobras de la noche anterior, y mi padre y mi hermano se volvieron a casa. Yo ya quedé allí, y un rato después salí para la estación de tren, muerta de nervios.
Era una sensación muy extraña. Iba caminando por la calle, sabiendo que a cada paso estaba un poco más cerca de él, pensando en cómo sería verlo por primera vez, pero con una vocecita que me repetía “no pierdas el tren, no te pierdas en Madrid, no la cagues”. Pensaba en cómo sería ver llegar su tren, sabiendo que él estaba dentro, y de los nervios me daban ganas de llorar. Pero eran nervios positivos, no estaba muerta de ansiedad como pensaba que estaría. Estaba muy, muy contenta.
Llegué a la estación como tres horas antes de que partiera el tren. Mi tren salía a las 10 de la noche y llegaría a Madrid a las 8 de la mañana. Luego tendría que desplazarme de Chamartín a Atocha, y él llegaría a las 10 y media de la mañana. Y luego ya estaríamos juntos. Pero el llegar antes y tener que desplazarme sola en una ciudad tan grande y que no había pisado nunca era una responsabilidad muy grande.
Pasé la noche en el tren. Creí que entre el ambiente y los nervios no dormiría nada, pero tras subir al tren los nervios se calmaron. Saqué el libro que empecé durante el verano, El nombre de la rosa, y estuve leyendo hasta que a la 1 nos apagaron las luces. Con música de fondo, un par de horas más tarde me di cuenta de que me había despertado. Es decir, conseguí dormir. Pero cuando el tren hacía una parada me despertaba, así que aunque más o menos dormí unas 4 horas, fueron muy intermitentes. Pero al llegar a Madrid no estaba cansada.
Salí del tren, y me encontré con la estación de Chamartín, que me parecía enorme. Sin batería en el móvil, le avisé de que había llegado, e intenté buscar una manera de desplazarme. Por la que me parecía la puerta principal solo había una horda de taxis, google decía que el bus me quedaba un poco lejos, y no tenía ni idea de cómo o dónde podía coger el metro. Paseando por la estación vi un punto de información, y fui a preguntar. Me dijeron que lo mejor era coger el cercanías, “todos los que en la pantalla ponen Atocha paran allí, y los tienes cada 3 minutos”. Fui a una máquina, saqué un billete, y me metí en el primer tren que ponía que iba a Atocha. No estaba muy segura de lo que estaba haciendo, sobre todo porque le pregunté a un señor si ese tren me valía a la vez que él me lo preguntaba a mí, y otra chica nos lo preguntaba a los dos.
En fin, me metí en el tren, y tras tres paradas, y con un funcionamiento exactamente igual al del metro de Lisboa, salí en Atocha. Madre mía, qué edificio más grande. Eran las 9 de la mañana, y una vez en el edificio solo tenía que encontrar el sitio donde él me buscaría. Como ya esperábamos que no tendría batería quedamos delante de las plantas grandes, donde había una piscina con tortugas. Delante de las tortugas vi una especie de estatua con maletas y así, y me senté allí a esperar. Fui viendo cómo llegaban otros trenes, mientras el suyo iba subiendo en la lista de llegadas. Hasta que llegó.
Pero pasaba el rato y él no aparecía. Frente a mí tenía unas puertas de llegada, pero no sabía si él aparecería por allí. Pero pasaban los minutos y él no aparecía. Ni por ahí ni por otro lado. Su tren había llegado a las 10:25, eran las 10:35 y no aparecía. Hasta que una voz detrás de mí me dijo algo de “vaya, y yo que esperaba una pancarta”. Me di la vuelta, lo miré durante medio segundo, y me tiré a él a darle un abrazo.
Pasamos un rato entre abrazos y besos, y luego arrancamos para el hotel. No creí que nos diesen la habitación tan temprano, pero nos la dieron, y nos fuimos para arriba.
Las siguientes 24h están un poco confusas. Entre besos y mimos se pasaron 24 horas sin darnos cuenta. Alguien miró el reloj a las 4 de la tarde, pero no se nos ocurrió bajar a comer. Luego, a las 8 de la tarde. Le pregunté si quería ir a cenar, pero como yo había llevado galletas dijo que llegaría con un par de galletas y chulas. Pero no nos levantamos a por ellas. Nos quedamos dormidos alrededor de las 9 de la noche, y nos volvimos a despertar a las 9. Otra tanda de mimos y abrazos, y a las 11 nos dimos cuenta de que llevábamos 24 horas en cama, sin comer ni beber, y pensamos que era sano bajar a desayunar.
Encontramos un bar que decía que tenía chocolate con churros, pero no tenía churros, y él se dio al chocolate y yo a un zumo de naranja, que a esas horas y con ese agujero en el estómago, sabía a vida. Y luego fuimos a dar un paseo, a conocer la zona en la que estábamos. Nuestro hotel está al lado del museo Reina Sofía, y a un par de pasos del Prado y lo que Gerardo dijo que era el jardín botánico. Dimos una vuelta rodeando el jardín, llegamos hasta la parte trasera del Prado, y no sé muy bien qué hicimos hasta la hora de comer. Comimos en un bar que estaba al lado del hotel, que decía que tenían los mejores bocadillos de calamares de Madrid... y puede ser cierto, aunque no es el mejor bar de Madrid.
Es un local ancho, con una barra a un lado, la cocina/freidora al otro, y en el medio, un hueco. Haces el pedido en la barra, entre toda la gente que hay de pie, y ellos gritan el pedido a alguna cocina que les escuche. Cuando les llega el pedido (todo bocadillos), te lo gritan. Una locura de bar. Pero estaba rico lo que comimos.
Y luego, salimos para el Prado. Nos lo tomamos muy en serio y cuatro horas después habíamos visto el 90% del museo y estábamos agotados. Como no habíamos encontrado algunos cuadros, buscamos en la guía para ir a tiro fijo. Encontré un cuadro de Caravaggio, que me encantaba en clase de Historia del Arte y me decepcionó mucho. Pequeño y no tan espectacular como lo recordaba. Luego buscamos el Jardín de las Delicias del Bosco, pero no estaba en la sala en la que decía el mapa que estaba. Y nos quedaba por ver un par de cuadros de Goya, pero lo sentimos mucho por Goya y nos fuimos.
En un principio queríamos ver los dos museos en una tarde, pero fue imposible.

La tarde del día siguiente fuimos a dar un paseo al Retiro. Comí por primera vez en un 100 montaditos y luego fuimos al parque. Creo que lo caminamos de un lado a otro aprovechando el buen día que había. Me gustó el parque, pero no me pareció tan imponente como me lo habían descrito. El lago con las barcas me pareció mucho más pequeño de lo que decían que era, me pareció una flipada que hiciesen rutas en catamarán por semejante charco, y poco más. El sitio precioso, los ambientes con los árboles, hierba y caminos muy bonitos, pero no sé si merece tener tanta fama nacional.
De nuevo cansados, fuimos al hotel a coger unas chaquetas, descansamos un poco y volvimos a bajar a dar una vuelta por la noche.


Aún nos quedaban tres días en Madrid, y el tiempo estaba pasando volando. Ahora voy a ir a hacer de comer, a ver si por la tarde edito alguna de las pocas fotos que hice (no tenía muchas ganas, las hice por disimular), y luego sigo contando estos días tan increíbles que me hizo pasar, que aún quedan muchas cosas :)

1 comentario:

La Petite Poupée dijo...

Me alegro muchísimo de que te lo hayas pasado muy bien^^ Has terminado el año a lo grande, vaya :)

¡Feliz año!