4 de enero de 2013

Madrid con Gerardo, parte 2

Me quedé en la anterior entrada hacia la mitad de mi viaje a Madrid con Gerardo. Tras haber perdido un día en decirnos “no me creo que estés aquí, que sea verdad que estés conmigo” y muchas cursiladas que no veo por qué deberían llegar a Internet, pasamos una tarde en el Pardo, otra en el Retiro, y aún nos quedaban dos más de viaje.
No estoy hablando de las mañanas porque las mañanas no existieron. Nos quedábamos hablando por la noche hasta tarde, contándonos batallitas que habíamos acumulado para ese momento, y al despertar estábamos tan cómodos que dejábamos pasar las horas hasta que era irremediable bajar a comer.

A la tarde siguiente fuimos al museo Reina Sofía. No era lo que esperaba, y no me gustó tanto como el Prado. Esperaba más cuadros, más ejemplos de la vanguardia, que era lo que había estudiado en clase y tenía ganas de ver. Pero de los ismos, lo único que vimos fue un poquito de Picasso, un poquito de Dalí (y no era surrealismo) y algunos cuadros a medio camino del cubismo. Había, eso sí, muchos cuadros creados con más materiales que pintura, alguna escultura, y otras cosas que, de tantas vueltas que les han dado a las vanguardias, yo sí que no considero arte: objetos que son objetos, no hacen referencia a nada (¿si no hace referencia a nada... cómo puede ser arte? Es una banqueta, te pongas como te pongas). Algunos vídeos, alguna sala que interactúa con el público... y el Guernica. Oh dios mío. Qué grande es. Literal y figuradamente.
Cuando mi hermano hace unos meses fue a Madrid, iba con la idea de visitar ese cuadro. Y luego me habló de él. Lo estudié en clase. Pero no lo imaginaba tan... grande. Es impresionante, muy impresionante. En tamaño y en lo que transmite. A un tamaño tan grande, dejas de ver un amasijo de perspectivas cubistas a solamente transmitir el dolor, frío y caos que lleva dentro. Y es que es grande, grande. Dice wikipedia que más de 7m y medio de largo y casi 4 de alto. Es impresionante también físicamente, te sientes muy pequeño a su lado.
Además, quería ver el algo del Dalí surrealista, ver esos colores en directo, el tamaño, el detalle y así, pero ya llevábamos bastante tiempo caminando, estábamos cansados, y la guía del museo no estaba ayudando mucho. Hicimos un último esfuerzo, pero como no lo encontramos, nos dimos por vencidos y nos fuimos al hotel de nuevo. Un poco más tarde salimos a dar una vuelta por Madrid, que es cuando saqué más fotos... y un paseo bueno sí que dimos. Subimos hasta la Plaza Mayor y volvimos a bajar. Y madrileños, eso no es frío. Hay fresquito, pero si guardas las manos en los bolsillos, se calientan. Eso en Galicia no pasa.
Mientras, por la calle, había mucha gente. Turistas sobre todo, creo. Y había vida, cosa que no había en Sevilla el año pasado (aunque donde la había, había MUCHA, AGLOMERACIONES). Las calles eran diferentes, había un montón de fuentes con luces... Madrid es muy grande, pero me gusta. No para vivir, pero para una semana así, sí.

Ya sabíamos que era la última noche. No lo dijimos abiertamente, pero sería la última noche en un tiempo que dormiríamos juntos. Con lo bien que se duerme a su lado. Prometimos despertarnos temprano, para recoger la habitación y dejar el hotel antes de las 12. Quería dejar mi mochila medio preparada, pero se quedó en una intención.
Y a la mañana siguiente despertamos temprano, sin muchas ganas de despertar, ni de irnos. Nos preparamos, recogimos todo, y salimos para Atocha. Habíamos hablado de algo de ir a la Puerta del Sol, pero nos sentamos en Atocha, en el mismo sitio donde lo había esperado unos días antes, y se nos fue el tiempo de las manos. No quería soltarlo. No quería que se fuese. Su tren salía bastante antes que el mío, y no quería dejarlo ir. Decía que en vez de estar triste, estaba contento por haber pasado unos días a mi lado, y pensé que yo también me sentiría así. Y de hecho, era así. Me alegraba de haber estado con él, pero a la hora de la verdad, cuando veía que tenía que separarme de él, no quería dejarlo ir. No quería, pero se me escaparon unas lágrimas que lo rompieron a él, y no quería eso.
Apenas comimos, y tras pasar el día entero allí sentados, agarrándolo y abrazándolo mucho, a las 4 y media, tuve que dejarlo ir para que cogiese su tren. Me dijo que no llorase más, y aunque me costó, conseguí cumplirlo.
Caminé a lo largo de Atocha, deseando que me tragase la tierra, de camino al cercanías. Volví a Charmartín, y antes de que saliese su tren, yo ya estaba esperando frente a los paneles de los horarios. Eran las 5 de la tarde, y mi tren saldría a las 10 y media. Saqué de nuevo el libro y en eso conseguí pasar unas tres horas. La gente iba y venía, pero salvo para ir al baño un momento no me levanté de allí.
A las 10 y poco nos dieron andén, el mismo que a otro TrenHotel que iba a Ferrol, y bajé con miedo a equivocarme de tren. Pero entré en el que era a la primera, encontré mi asiento a la primera (vaya putada elegir ventallina y sea un asiento entre cristales, es decir, ventanilla... pero no), y aunque intenté leer un rato, estaba demasiado desganada y cansada. Antes de que apagasen las lunes me quedé dormida, y como no tenía a nadie al lado esta vez, pude intentar acomodarme en esos asientos infernales.
Dormí a ratos, como a la ida. Se me hizo largo el viaje, en silencio después de varios días contando mi vida. A las 8 llegamos a Coruña, y caminé hasta la estación de buses a buscar uno que me llevase a casa. Según el panel, de la compañía que me lleva a casa solamente había un autobús, pero a mitad de ruta cambiaba, y no me llevaba a casa. Según los horarios colgados en su ventanilla de información, sí me llevaba a casa. Así que bajé y le pregunté al señor del autobús: sí me llevaba a casa, pero tendría que hacer trasbordo.
El bus salió a los 5 minutos, y a las 2 horas estaba entrando en casa. Me dolía el cuerpo de estar en el tren, tenía sueño y seguía con esa sensación de que quería que me tragase la tierra. Al llegar a casa me puse el pijama y me tiré en el sofá, mientras la cobaya corría un poco por encima de mí.

Gerardo hacía mucho tiempo que había llegado a casa. De hecho, llegó antes de que saliese mi tren. Pero después de todo estábamos los dos en casa. Y ahora, cuatro días más tarde, intentamos poner una nueva fecha para volver a vernos, aunque quede un poco lejos y sea difícil.
Porque quiero repetir. Esta y muchas veces más.

1 comentario:

La Petite Poupée dijo...

Las despedidas duelen, duelen muchísimo, pero el hecho de saber que os vereis pronto (piensa que cada día falta menos para esa fecha, por lejana que sea) es un aliciente^^

¡Besos!