6 de abril de 2013

Castellón, primera visita. Segunda parte.

En la anterior entrada empecé a contar cómo lo había pasado en Castellón esta semana pasada que estuve allí con Gerardo. En realidad, he contado ya casi toda la visita, pero aún quedan algunas cosas que contar.

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Para el martes, mi último día real en Castellón, repetimos plan de mañana de vagancia y levantarnos para comer. Cogimos unos bocatas y fuimos a comerlos al parque Ribalta. Dimos una vuelta extensa por él y por Castellón, y no sé por qué razón acabamos de nuevo en su casa. En su cama, tuvimos la siguiente panzada a reír, más grande incluso que la anterior. Empezó porque queríamos ir a un sex shop, pero a mí me daba cosa llevarlo, por que se podía portar mal y echarnos a los dos. Y seguimos riéndonos con usos extraños de objetos que podríamos encontrarnos y con la impactante historia del Loro Paquito, que ha visto cosas. Tras conseguir hacer que el dolor de barriga se acabase, nos levantamos y fuimos a buscar (a pesar del riesgo de risas pero en público) el sex shop. Estaba cerrado, así que nos dimos un paseo para nada. Aprovechó para enseñarme una parte de Castellón que no conocía y que no sé cómo no se le ocurrió antes (la concatedral y el Fadrí), donde surgió la frase, mientras le hacía una foto a la concatedral “espera, que no me cabe entera”, que fuera de contexto es muy rara. Y volvieron las risas.

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Como desde hacía tiempo que decíamos que teníamos que ir a ver estrellas juntos, y durante el viaje no habíamos encontrado una noche para hacerlo, decidimos que tenía que ser esa noche. Así que volvimos a coger el coche y fuimos hasta la playa. Encontramos un lugar más o menos oscuro, comparado con el resto de Castellón y toda la costa (pero cuántas farolas tienen) y algunas estrellas vimos. Él ya reconocía a Orión, y apenas pude enseñarle a la Osa Mayor, porque había tanta claridad que podíamos ver muy pocas. Nos levantamos al poco, y quedamos en que cuando él viniera a Galicia buscaríamos un sitio a oscuras, de verdad, para verlas mejor. Ahora tenemos que acertar con una noche sin nubes xD

Era mi última noche en Castellón y mi avión salía a las 7 de la mañana desde Valencia, por lo que tendríamos que embarcar como tarde a las 6 y media, estar a las 6 en el aeropuerto... decidimos levantarnos a las 3. Yo no me encontraba muy bien, y se juntó con la ansiedad, que no había sentido en el resto del viaje, y no pude dormir. Él se durmió a las 12 y poco, pero yo fui aguantando hasta casi la 1 y media. Conseguí dormir apenas hora y media antes de que sonase el despertador.
Recogimos todo, dejamos el hotel y salimos para Valencia. La vuelta se me hizo mucho más larga que la ida. Me negué a dormir durante el viaje, e intenté ir dándole charla durante todo el camino. Llegamos al aeropuerto a las 5 de la mañana, y nos agarramos mucho el uno al otro hasta que a las 6 menos cuarto me asignaron puerta de embarque y decidí ir entrando en la terminal.
Nos costó mucho separarnos, como en Madrid, pero la despedida fue más llevadera. Volveremos a vernos, y estaba tan contenta por lo bien que lo había pasado los últimos días que no quería ponerme triste en el último momento. Dejé que se fuese para el coche mientras yo hacía cola para pasar por el control de metales y me encontraba con los gilipollas del día.
Primero, no me dejaron pasar la botella de agua (33cl) que llevaba encima. Pero dentro había máquinas expendedoras con agua, y un bar con agua (botellas de medio litro). Y si alguien es capaz de explotar un avión con agua, creo que merece poder hacerlo. Luego, al pasar por el detector de metales, me olvidé de quitarme el cinturón, y me pitó. Me lo saqué y esperé a que las maletas que estaban puestas en la cinta pasaran un poco, para no dejarlo encima de ellas. Pues el señor dueño de las maletas se puso todo borde, “pero ponlo y pásalo”, como si le estuviera interrumpiendo el paso o algo. Le dije que pasara él, cojones, que no me esperase.
Y cuando llegué a la puerta de embarque ya había una cola montada que ni que regalasen algo con el vuelo. Un rato después subimos al avión, y todo normal hasta llegar a Santiago. No conseguí ventanilla esta vez, pero me senté al lado de una chica que estuvo todo el viaje durmiendo y me dediqué a espiar las nubes (porque no hubo otra cosa) que había tras la ventanilla. Llegamos a Santiago con 10 minutos de adelanto. El tiempo perfecto para salir del aeropuerto, que fuesen y media y ver que el autobús estaba aún esperando a la gente. Subí al bus, y después de una media hora de menos, nos dejó dentro de la estación de tren.
Aunque Santiago y Coruña están a la misma distancia de mi casa, Coruña está mejor comunicada. Desde Santiago tenía pocos buses y no me dejan en mi casa (tendría que ir mi padre a buscarme a unos 15km) o son unas 3h para recorrer 80km, y desde Coruña salía de trabajar a la hora de comer un vecino mío que dijo que podía llevarme. Así que cogería un tren, iría hasta Coruña, quedaría un rato con Iris y estaría a la hora de comer en casa.
Pero contaba con que hubiera más trenes Santiago-Coruña un miércoles a las 9 de la mañana. Tuve que esperar una hora a que apareciese el primero. Una hora de lucha contra el sueño y el cansancio, que usé en seguir leyendo por dónde lo había dejado en Santiago, poco antes de salir para Valencia (un par de capítulos más adelante, leímos un poco en el hotel). Cuando me subí al tren, el traqueteo me hacía quedarme dormida por medio segundo, como me pasaba en clase de latín. Y me despertaba con un sobresalto, como en clase. En una de las dos veces que me pasó el Kindle salió por los aires y aterrizó debajo de mi asiento. Entre el susto y que tardé en recuperarlo, me despejé un poco.
Salí de la estación de tren y se notaba que había llegado a Galicia. Lluvia, viento y un frío de morir. Tuve que volver adentro de la estación para abrir la maleta, sacar la chupa, los guantes y el gorro de lana para poder enfrentarme al tiempo. De nuevo, tuve suerte y nada más acercarme a la parada del bus que iba a coger para ir a casa Iris vi que estaba llegando. Un ratito más tarde cargaba con mi maleta, de unos 6kg más o menos, durante los 5 pisos sin ascensor para llegar a su piso.
Allí pusimos un rato a caldo a las locas de sus vecinas, cotilleamos sobre otras cosas, me contó los planes un poco descabellados que tiene para su futuro laboral, y me dio la hora de irme. Mientras hablábamos, aunque me mantuve de pie todo el rato, tuve que volver a desayunar, porque lo que había tomado en Santiago ya no me daba energía y me iba a quedar dormida de pie.
Durante el viaje en coche a la vuelta creo que me quedé dormida. Mi vecino me dijo que durmiese tranquila, pero yo prefería llegar a casa cansada, comer y luego dormir a gusto. Aún así, no recuerdo tramos de la carretera, y a veces tenía la sensación como de apagar el cerebro con los ojos aún abiertos y tener que forzar que volviese a funcionar.
Llegué a casa cuando mi padre estaba terminando de hacer la comida (de total casualidad, porque ya no tenía batería en el móvil para decirle que estaba saliendo hacia allí), y comimos juntos. Luego me fui al sofá, donde se me fue el sueño y me puse a revisar correos, blogs, y más cosas. El sueño fue entrando muy poco a poco, y sobre las 7 de la tarde me eché a dormir.
Apenas fue una hora, y me desperté desorientada y mareadísima. Estuve como media hora sentada en el sofá sin moverme mucho porque tenía miedo a caerme si me levantaba, y cuando me levanté aún no tenía la seguridad de que no pasaría. Supuse que sería por el cansancio y por no estar acostumbrada a dormir de hora en hora. Cené un poco, se me pasó, y pasadas las 12, por fin, me fui a dormir.

Lo he pasado genial este viaje. He disfrutado de Gerardo todo lo que he podido, más de lo que imaginaba, y tras todo lo malo que me había contado de Castellón, la ciudad me gustó. No creo que sea humanamente posible darse más cariño y mimos del que nos dimos durante estos días, porque no desaprovechamos un minuto. Era una de las cosas de las que tenía más ganas: agarrarme a él, darle muchísimo cariño para compensar los meses que hemos pasado separados y que para él no están siendo muy buenos, y recargarnos las pilas. Y en eso me he quedado completamente satisfecha. No le he dado todos los mimos que quería, pero le he dado todos los que he podido en el tiempo que estuvimos juntos. Además, he conocido a su familia y nos caemos bien; y he conocido al grupo y a parte de sus amigos y también parece que nos caemos bien.
Este viaje, además de ser divertidísimo y de ayudarme a conocer más su mundo y a él, es, como él mismo dijo, la confirmación de que queremos que esto dure muchos años más. Queremos estar juntos, funcionamos juntos, y cada vez nos necesitamos más el uno al otro. Aunque no es tanto una necesidad como un futuro que no existe sin el otro. Encajamos en todo perfectamente, y queremos estar muchos años más juntos. Y lo vamos a conseguir.
Hay planes, y cada vez más serios, de irnos pronto a vivir juntos. Uno de los planes dice que en Coruña, otro dice que en Castellón, pero se decidirá cómo, dónde y cuándo cuando vaya pasando el tiempo y algunas cosas se vayan concretando. Pero acabaremos juntos, y antes de que acabe el año.
Tras tenerlo lejos todo este tiempo, quiero tenerlo cerca, y no veo el momento de poder convivir con él día a día. No necesito más, estos 6 meses y este viaje han confirmado que saldrá bien, y que vamos a estar mucho tiempo juntos. No hay que esperar más, estamos preparados para hacerlo. Ahora solo hay que buscar el momento.
Y va a llegar pronto.

De momento, tenemos que esperar un poco más. Hay cosas importantes que hacer antes. Tengo que aprobar la asignatura en junio, y tenemos que sobrevivir al Resurrection, que con las últimas confirmaciones cada vez lo vemos más difícil.

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